Era una de esas noches más oscuras que las otras. Lo vi en una esquina. El semáforo en rojo. Frené. Su aspecto era bastante viril: hombros fuertes y pelo despeinado. Deduje que media 1.80m porque su cabeza llegaba a la Jeep que estaba parada delante de mi auto. Y las Jeeps miden eso: 1.80m. Cargaba una mochila llena con bolsillos que sostenían una botella vacía. “Debe haber salido muy temprano de casa”, pensé, y empezó a caminar hacia mí. Levanté el vidrio. Bueno, es lo que hago siempre que un desconocido se acerca a mi auto.
- “¿Tiene algo?”, leí en sus labios detrás del vidrio.
Los miré. Giré mi cabeza buscando la cartera que había escondido en la parte de abajo del asiento acompañante, no recordaba si tenía plata, pero cigarrillos seguro que sí.
- “¿Fumás?”. Le pregunté.
Él también miró los míos.
- “¿Quién no?” me respondió, y dibujó un hoyuelo en su mejilla derecha.
Saqué el anteúltimo cigarrillo del atado, bajé el vidrio y se lo di agarrándolo bien de la puntita para que sus dedos no tocaran mi mano.
- “Que lo disfrutes”. Dije.
- “Gracias, que linda sonrisa”.
Eso fue justo lo que había pensado: "Qué linda sonrisa". Me dio tanta vergüenza que subí la ventanilla y agradecí que el semáforo cambiara a verde. Continué andando.A los pocos metros miré por el retrovisor. Él levantó su mano y me saludó.
La noche siguiente volví. El chico de la remera Levis llevaba lentes, una camisa azul y un portafolio negro. A los pocos metros miré por el retrovisor, pero nadie levantó su mano ni me saludó.
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